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¡Mamá, mamá…! Haz que se calle… Así le decía a mi mamá siendo una renacuaja con pocos años y mucha, mucha imaginación cuando mi hermanita   pequeña lloraba inconsolablemente por cualquier motivo. Recuerdo que esos ratos de berridos se me hacían interminables y tenía la sensación de que me taladraban la cabeza.

Una tarde, justo después de comer, la situación se repitió una vez más e hice algo que  estuvo mal, pero la verdad es que estaba harta y la muy tonta se lo merecía. Verán: en el momento en el que empezó de nuevo el martirio, me levanté y, lentamente, me dirigí hacia donde estaba tumbada la llorona. Me paré justo delante de su cuna. Observé sus lágrimas de cocodrilo y la cogí con cierta delicadeza, imaginando que era una de esas muñecas cuyo mecanismo se conecta al rozarse con algo y no para hasta la siguiente sacudida o golpe.

La observaba y la sentía entre mis manos haciendo esfuerzos por liberarse. Fue en ese instante cuando pensé en meterla en una caja de juguetes adecuada a su tamaño y guardarla debajo de la cama para que estuviese más ordenado y tranquilo el cuarto. Segundos después de hacerse el silencio, salí corriendo a tragar aire limpio.

Afuera, el tiempo era espléndido. Los rayos del sol chocaban contra los colores, arrancándoles todo su esplendor.  La primavera se hacía notar. Me dirigí hacia el limonero que había plantado mi abuelo hacía ya no sé ni cuantos años. Tantos, que hasta era más alto que yo. Lo miré de abajo arriba y fue entre sus ramas donde descubrí unos limones grandotes y amarillos.

Entonces se me apareció la tentación y quise agarrar aunque sólo fuera uno, pero era demasiado chica para semejante tarea. La tentación me llevó a mirar al suelo, a coger una piedra, a lanzarla al aire y alcanzar a un hermosísimo limón amarillo. El oloroso fruto vino a mis manos y, en el abrazo, nos fuimos los dos al suelo. Le sonreí y nos dirigimos hacia la diminuta y linda casita de mi abuela. Mientras caminaba me imagine como una princesa acompañada por mi príncipe resplandeciente, dirigiéndose a su pequeño palacio. En plena fantasía lo apreté entre mis manos y me llegó su aroma. Me acordé de mi llorona y pensé que sería un lindo regalo.

Rachda El Founti

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Me gustaría situarles antes de comenzar en el lugar donde sucede el relato que luego les haré.

En un mar precioso donde los colores azules y verdes son infinitos se encuentra la isla que se reparten dos países (República Dominicana y Haití). Se llama Santo Domingo, nombre también de la capital de la República Dominicana, mi país. Cerca de allí se encuentra mi pueblo: Villa Vásquez; es un pueblo de trabajadores y marineros que ha florecido con el turismo, algo que por aquí es habitual, también: como también lo es la vida sosegada y pausada. Las playas son de ésas que habitualmente llamamos “paradisíacas”, con pequeñas olas, ribeteadas con esa espumita blanca producida por una ligera brisa que también hace que las ramas de los cocoteros se muevan y al mismo tiempo se levante algo de la blanca arena, sin llegar a ser molesta; esa brisa hace que cualquier hora del día pase sin el agobio del calor tropical.

La campana de la iglesia del colegio adventista al que acudo a diario acaba de sonar dos veces,  esa señal indica que el recreo ha acabado y es hora de regresar a clase. Éste es el momento indicado para llevar a cabo la “misión” del día.

“El Chino”, entrañable guarda del colegio, al que pusimos el mote por sus rasgos faciales, ha puesto sobre aviso al Señor director Don Félix y éste, a quien mi amigo Pedro ha visto permanecer inmóvil bajo una palmera durante todo el recreo, afanándose por pasar inadvertido, ha avisado a Tony, mi profesor de 10. He dicho 10, pero bien podría decir también de Primera, por su físico (era un tipo alto, delgado, con pelo corto, anillado y tez morena); no pasaba desapercibido para nadie. Bueno, esto lo descubrí cuando me dio clases de nuevo en 6° grado: intentaba que las niñas pijas del colegio dejaran de coquetear con él, haciendo poses, tirándose de los repeinados tirabuzones y emitiendo risitas nerviosas, haciéndoles gestos con los brazos para que se fueran ya a clase. “El Chino” se quejaba del tiempo perdido de otros quehaceres por culpa de algún gracioso que le cerraba la llave de paso de la manguera con la que llenaba la piscina que había en el salón donde se bautizaban los fieles convertidos a la fe. Luego, cuando descubría que la llave no había sido cerrada, sino la manguera doblada, se enfadaba aún más.

La carrera de éste, resoplando, rojo como un pimiento, por entre las aulas, que eran como barracones militares pintados con llamativos colores verdes, con amplias ventanas y techos de tejas para que fueran más frescos, no hacía sino confirmar que, una vez más, había conseguido mi objetivo de doblar la manguera y dejarle durante unos instantes sin agua.

Don Félix, al verle, intentó, sin éxito, descubrir, entre un mar de uniformes de falditas a cuadros y camisas amarillas (no sé aún como hacía mi mamá para mantenerla siempre impoluta y planchada, pues nunca la vi planchar), descubrir la carita burlona y oír las risas propias de las mataperrerías.

Siempre ha recordado esta anécdota con mucho cariño.

Heriberto Arias Morales

Mi padre

Vienen a mi memoria las largas noches de complicidad que compartía con mi padre en la playa de Las Alcaravaneras algunos días de Semana Santa. Creo recordar que tendría más o menos unos ocho añitos una de las últimas veces que estuvimos juntos.

Revivo intensamente aquellas estampas preñadas de un olor a algas, de un sabor a sal y a pescado fresco que me abría el apetito a cualquier hora, de la música de las olas acariciando y besando las resbaladizas rocas en las que encaramaba mis pies de niño.

Recuerdo a mi padre, moviéndose inquieto y jugueteando con la arena mientras esperaba en la orilla a los marineros viejos para echarles una mano ayudándoles a deslizar la barca por encima de unos maderos carcomidos y ahuecados. Luego hablaban de historias que yo apenas llegaba a entender, gesticulando con unas manos poderosas, llenas de cicatrices que contaban muchas batallas, sin que sus dueños dijeran nada a los presentes.

Las horas pasaban muy rápidamente. Yo les clavaba la mirada sin apenas pestañear y los comparaba con las estrellas que nos alumbraban en silencio desde el cielo. No me cansaba. No me podía aburrir. Estaba entre los sabios. Escuchando conversaciones de hombres.

Después del encuentro venía la elaboración lenta, cuidadosa de la pota -regalada pos los pescadores- en el viejo barril que cargábamos cuando íbamos a la aventura. Noches estrelladas, maderos encendidos que sacaban los mejores olores y sabores al pescado, mezclados con la presencia de mi padre.

Elizabeth Fabián García

Soñaba con las estrellas y vivía con alegría cada instante de su existencia, es hoy por hoy su tesoro más preciado, el que evoca y la impulsa…

Su padre conseguía cada domingo hacer un festín, cuando limpiaba su flota de “busetas” en Colombia, sostén fundamental del alimento familiar; los niños y amigos se reunían y, mientras, sonaban tambores y flautines que invitaban al baile, a la comida y al copichuelo en aquel poblado, perezoso de la riqueza y abundante en la alegría.

Un fatídico día, otros, motivados por el vil metal, dieron una cruenta muerte al anfitrión de la fiesta y Jady  perdió su ternura, rota en añicos por el dolor, asiéndose a su frágil madre como clavo ardiendo.

Ésta, a fin de empopar el barco encallado, emprende el viaje de la soledad, dejándola atrás. Junto con su hermano, emigra a España a buscar sustento… y durante dos años, consigue salvar las miserias atrás dejadas. Mientras tanto, Jady  se ocupaba de su hermano supliendo la ausencia de esta; había dejado de ser niña… había dejado de ir a la escuela, se le quedó ahogada la infancia y flotaba el sufrimiento… Residuos de un mal trago, cenizas que empañaron todo bien de la infancia de Jady y de su madre.

Cuando consiguieron reunirse, las piezas del alma se fueron colocando, allá como pudieron, donde hubiere hueco hasta alcanzar la nueva reunión y la mágica comunión de madre e hijos reunidos, dejando atrás el espantoso episodio que tiñó sus vidas.

Jady, seguiría con profunda pena, velando a su madre hasta ver y sentir que nuevamente fue feliz… Un gran hombre le acompaña y arropa a la familia con profunda protección; ahora ella está satisfecha y, aunque desgastada por el sufrimiento, sigue cabalgando con ímpetu y energía, como si nada pudiera con ella. Ahora ya puede, y tiene amigos, familia, armonía y equilibrio. Reconoce con entusiasmo que puede seguir y que quiere seguir, que tiene voluntad para recuperar todo lo perdido; y es que Jady está motivada por el amor que le tiene a su madre, por el compromiso que tiene con la vida, y aquellas personas que tengan la fortuna de gozarla, verán en ella una luz especial propia de una estrella que le guiará por el camino de la fortaleza, la voluntad y el buen propósito.

Jady está en ello…

y nos debemos a ella.

Fausta

El Milagro

Yo era una niña muy inquieta. Mi madre y mis dos abuelas no me dejaban estar ni un segundo sola. Ellas siempre me llevaban a todas partes con ellas. Disfrutaba mucho cuando estaba a su lado; caminábamos horas y horas por la linda playa de Las Canteras o por la calle de Mesa y López.

Por  aquel entonces, tenía muchas amigas, pero especialmente había una que me daba mucho pesar, porque era una niña muy  pobre. Tenía problemas en su casa. A veces no comía e iba con su ropa desgastada y sucia.

Un año, cuando se estaba acercando el mes de diciembre, mi abuela empezó  a engordar a un pavo a todas horas. Así fueron pasando los días y el pavo se volvía más y más gordo.

Se aproximaba el 31 de diciembre y no paraba de pensar  en mi amiga. Un buen día, mi abuela salió temprano de la casa. Entonces subí a la azotea, cogí el pavo y se lo llevé a mi amiga. Ella  se puso muy contenta y su madre me dijo: “Que Dios te bendiga, hija mía”. En ese momento me sentí muy feliz. Llegué a mi casa y al día siguiente mi abuela me preguntó si sabía dónde estaba el pavo. Le contesté que no tenía ni idea, pero ella no se quedó  convencida.  Esa misma tarde salió a comprar otro pavo, pero ya no le daba tiempo de engordarlo para el 31 de diciembre. Entonces mi abuelo, el marinero, trajo pescado fresco para celebrar la Navidad. Nunca supieron que yo me sentía feliz sabiendo que mi amiga disfrutaba del pavo que mi abuela había engordado con tanto cariño.

Yady Vanessa Fernández Bravo

Tuve una iguana. Pero mi primo, que era un inconsciente, la tiró por el balcón. Eso me dolió mucho, porque le tenía mucho cariño. Yo pensaba que este primo mío no era tan mala persona, pero al darme cuenta de que me había tirado la iguana, me sentí muy decepcionado. Sin embargo, luego me sorprendió trayéndome dos pichones de paloma. Eso me alegró mucho, ya que me encantan los animales, y juntos los criamos. Cada uno crió uno. El mío era blanco; el suyo, negro. Al estar criándolos juntos, con el tiempo nos dimos cuenta de que eran macho y hembra y le pedimos permiso a mi padre para poner un palomar en la azotea. Nos puso la condición de limpiar dos veces a la semana y construimos un gran palomar con madera y tela metálica.

Esto, sin darme cuenta, me unió más a mi primo, ya que pasábamos el día juntos, dando de comer y criando a los animales. Un día, fuimos a darles de comer el millo, y nos sorprendió ver que habían hecho un nido y puesto dos huevos. Pasaron los meses y nos vimos con unas cincuenta palomas. Gracias a Dios, era un palomar grande. Los sábados y los domingos las soltábamos para verlas volar, lo que nos alegraba mucho, y, por la noche, las encerrábamos hasta el día siguiente. Luego empezamos a ir de discotecas y nos costaba tener que ir por la mañana a alimentarlas. Nuestros padres nos echaron la bronca, porque las tenían que mantener ellos. Nos pusimos a buscar trabajo y tuvimos la suerte de encontrar trabajo juntos como peones. Manteníamos a los animales y dábamos algo a nuestros padres. También sobraba para alguna fiestilla de copas de vez en cuando, cuando se podía.

Lo peor es que mi primo tuvo que emigrar a Tenerife y se llevó la mitad, unas veinticinco. Como no sabía qué hacer con ellas, las soltó y la sorpresa fue que volvieron a casa solas. Lo llamé y casi no se lo creía. Le dije que no había problema: yo las cuidaría y se las devolvería. Ahora sé que lo quiero como a un hermano, ya que lo echo muchísimo de menos. Con esto quiero decir que el valor de la amistad tiene un precio incalculable; lo he comprobado con mi propia experiencia. Estoy deseando volver a verlo muy pronto, ya que echo de menos todo lo que vivimos juntos como hermanos.

José Ramírez Benítez

Tania

Por aquel entonces padecía de los antojos típicos de los adolescentes y de los frenazos en seco que me daba mi padre cuando me ponía borde insinuándole que deseaba tener una compañía fiel. Me acuerdo, como si fuera ahora mismo, de un día soleado que me pareció un buen presagio para conseguir algo especial. Al atardecer y después de ir a currar con mi padre como encofrador, me bañe y me repeiné. Mientras pensaba en cómo saltarme a la torera las órdenes de mi padre, ya que hasta ese día no me había atrevido a decirle que aquella boquita era mía.

Tocaron a la puerta. Abrí, allí estaba mi colega con ella. Creí que se me rompía el corazón. De repente me sentí capaz de todo. Me llegó su olor, algo en su sonrisa me hizo palpitar de emoción contenida; su pelo era suave y hermoso como un paseo por la orilla del mar a las siete de la tarde. Miré a mi amigo, volví a mirar a su acompañante y no me podía creer que mi capricho de adolescente reprimido se fuera a cumplir. Inmediatamente, tuve claro lo que iba a hacer en los siguientes minutos de mi vida. Supe también al instante que Tania era su nombre. Mi Tania, una husky siberiana, iba a compartir vida conmigo hasta que el tiempo nos separara.

Ella ya no está, pero en ese momento pensé que era para siempre.

Rubén Gopar Ramos