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Archive for the ‘Relatos de los Adultos’ Category

Estábamos a la espera de que llegase el autobús para trasladarnos de Vecindario a Las Palmas. Era una excursión que íbamos a realizar todos los compañeros del mismo curso del instituto en el cual estoy.

En concreto a Tafira Alta, a un Centro Penitenciario. Estábamos intrigados y nos preguntábamos cómo iba a ser, pues anteriormente nos habían informado de que íbamos a participar en un encuentro con internos que se encuentran privados de libertad, al cual habían puesto como título Vidas Cruzadas. Me pareció muy emocionante, pero también sentí miedo y algo de respeto. Para mí era una experiencia nueva, en la que nos conoceríamos e intercambiaríamos conocimientos y experiencias. Cuando llegamos al lugar e iniciamos la entrada, me di cuenta de que todo se realizaba bajo normas y autorizaciones: unas puertas que se abrían automáticamente, un detector de metales… Tras la primera puerta de entrada, pudimos ver un pequeño vivero con tortugas.

Todo esto me llamó mucho la atención. Seguimos la aventura y, por fin, la puerta principal, en la cual nos presentamos ante un funcionario de prisiones que nos dio acceso a un gran pasillo. Me impresionaron muchísimo esas puertas, llenas de barrotes, pensando en toda esa gente encerrada por haber cometido errores en la vida.

El gimnasio me gustó muchísimo, pues tenía infinidad de máquinas para entrenamiento físico. Subimos unas escaleras hasta llegar al punto de encuentro desde donde ascendimos los últimos escalones. Nos encontramos en el salón de actos, con mesas y sillas haciendo un círculo. Todo estaba preparado y a la espera de la llegada de los internos autorizados para asistir al curso. Para mí fue una gran sorpresa, pues me iba percatando de que no era lo que habían dicho, ni tampoco lo que me imaginaba. Había preguntado cómo iba a ser este encuentro y me habían dicho que estaría en un cuarto, hablando y a solas… Todo eso me asustó; me preguntaba a qué me iba a enfrentar… Pero no fue así. Me quedé muy sorprendida cuando empezamos a relacionarnos y a comunicarnos, haciendo primero las presentaciones entre nosotros, nombres, edades, de dónde procedíamos. Por cierto: éramos de distintas nacionalidades.

Hubo mucha emoción y sentimientos al hacernos la pregunta de cuál era nuestro mayor orgullo, coincidiendo casi todos en lo mismo: nuestros padres, el mayor apoyo.

Nancy Pérez Esteban

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Todavía me acuerdo de aquellos días soleados en que al asomarme a la ventana veía el cielo azul. El viento movía las ramas y los pajaritos revoleteaban con su aleteo sinfín.

Para mí, esos días fueron bonitos al descubrir en los árboles a un gatito. Era una cría que tenía un brillo en los ojos que me dio mucha pena. Bajé de mi habitación corriendo y cogí una escalera para bajarlo, lo tomé entre mis manos y oí un ligero maullido que brotaba de su carita, pidiendo algo de amor. Pensé que a mí me sobraría un poco de cariño para él.

Le di un poco de leche y lo puse en una cesta con un traje que le quité a mi madre. Bueno, se lo cogí prestado para ese gatito que lo necesitaba más que ella.

Lo escondí, pero mi madre me lo encontró por la mañana. Sabía que los gatos eran mi debilidad. Por eso me perdonó que el gatito rompiera el traje, a cambio de que estudiase y sacara buenas notas. Acepté el trato.

Pero ahora tenía que criar a mi gatito Wili. Mis amigos se morían de envidia. No obstante, se trataba de una envidia sana, pues con ellos crié a mi gato y lo llevaba al campo a jugar con nosotros. Un día nos estábamos divirtiendo muchísimo, hasta que vimos corriendo a un perro detrás de mi gato. A mí se me iba a saltar el corazón pues no sabía qué hacer. Cuando Wili saltó sobre mí, me volví y lo agarré con fuerza, pero, justo entonces, escuché un grito que hizo que el perro se detuviera. Seguí de espaldas al perro y oí que pedían disculpas por el perro. Me giré y vi a un chico que me preguntó cómo me llamaba. Le respondí que Patricia. Pero una amiga mía se me adelantó y lo insultó. El chico se alejó. Wili tenía el corazón como si se le fuera a salir del pecho, pero me alegré de que no le pasara nada.

Volvíamos a la caída de la tarde para prepararnos para salir al cine con mi padre para ir a ver Titanic. Se me saltaron las lágrimas al acabar la película. Cuando volvimos a casa y entré, me llevé una sorpresa: Wili había tenido crías. Me di cuenta que le había salvado la vida a unos gatitos.

A la mañana siguiente salí a dar una vuelta por el parque y me encontré con el chico del parque y sentí la necesidad de pedirle su nombre. Así empezó mi otra historia que sería mi futuro como persona.

Alexis Hernández Rodríguez

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Me gusta que me llamen Radcha. Soy de Marruecos pero llevo aquí unos diez años. Yo tengo 17, estudio y soy extrovertida, alegre, buena compañera y un poco tímida a la vez. Convivo con mis padres y mis hermanos. No practico la religión de mi país, pero en mi casa nos regimos por sus tradiciones.

Uno de mis mejores recuerdos es de cuando era pequeña. Recuerdo a mi abuela paterna cuando sembraba y yo la ayudaba, aunque no lo hacía tan bien como ella. Cuánto quisiera que estuviera aquí conmigo y demostrarle todo aquello de lo que soy capaz y decirle que la echo de menos. Recuerdo a mis primas Zamira y Fátima cuando jugábamos a las casitas e imaginábamos, inventando un mundo de princesitas y hadas donde éramos muy felices. Al ver a un chico, siempre nos imaginábamos casadas y con hijos, y creábamos un mundo maravilloso con un príncipe azul, con quien vivíamos felices y comíamos perdices. Eso, hoy en día, lo veo de otra manera, porque sigo esperando a un príncipe azul que me haga sonreír y ser feliz.

Erika “La Gorda”

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Me gustaría situarles antes de comenzar en el lugar donde sucede el relato que luego les haré.

En un mar precioso donde los colores azules y verdes son infinitos se encuentra la isla que se reparten dos países (República Dominicana y Haití). Se llama Santo Domingo, nombre también de la capital de la República Dominicana, mi país. Cerca de allí se encuentra mi pueblo: Villa Vásquez; es un pueblo de trabajadores y marineros que ha florecido con el turismo, algo que por aquí es habitual, también: como también lo es la vida sosegada y pausada. Las playas son de ésas que habitualmente llamamos “paradisíacas”, con pequeñas olas, ribeteadas con esa espumita blanca producida por una ligera brisa que también hace que las ramas de los cocoteros se muevan y al mismo tiempo se levante algo de la blanca arena, sin llegar a ser molesta; esa brisa hace que cualquier hora del día pase sin el agobio del calor tropical.

La campana de la iglesia del colegio adventista al que acudo a diario acaba de sonar dos veces,  esa señal indica que el recreo ha acabado y es hora de regresar a clase. Éste es el momento indicado para llevar a cabo la “misión” del día.

“El Chino”, entrañable guarda del colegio, al que pusimos el mote por sus rasgos faciales, ha puesto sobre aviso al Señor director Don Félix y éste, a quien mi amigo Pedro ha visto permanecer inmóvil bajo una palmera durante todo el recreo, afanándose por pasar inadvertido, ha avisado a Tony, mi profesor de 10. He dicho 10, pero bien podría decir también de Primera, por su físico (era un tipo alto, delgado, con pelo corto, anillado y tez morena); no pasaba desapercibido para nadie. Bueno, esto lo descubrí cuando me dio clases de nuevo en 6° grado: intentaba que las niñas pijas del colegio dejaran de coquetear con él, haciendo poses, tirándose de los repeinados tirabuzones y emitiendo risitas nerviosas, haciéndoles gestos con los brazos para que se fueran ya a clase. “El Chino” se quejaba del tiempo perdido de otros quehaceres por culpa de algún gracioso que le cerraba la llave de paso de la manguera con la que llenaba la piscina que había en el salón donde se bautizaban los fieles convertidos a la fe. Luego, cuando descubría que la llave no había sido cerrada, sino la manguera doblada, se enfadaba aún más.

La carrera de éste, resoplando, rojo como un pimiento, por entre las aulas, que eran como barracones militares pintados con llamativos colores verdes, con amplias ventanas y techos de tejas para que fueran más frescos, no hacía sino confirmar que, una vez más, había conseguido mi objetivo de doblar la manguera y dejarle durante unos instantes sin agua.

Don Félix, al verle, intentó, sin éxito, descubrir, entre un mar de uniformes de falditas a cuadros y camisas amarillas (no sé aún como hacía mi mamá para mantenerla siempre impoluta y planchada, pues nunca la vi planchar), descubrir la carita burlona y oír las risas propias de las mataperrerías.

Siempre ha recordado esta anécdota con mucho cariño.

Heriberto Arias Morales

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Soñaba con las estrellas y vivía con alegría cada instante de su existencia, es hoy por hoy su tesoro más preciado, el que evoca y la impulsa…

Su padre conseguía cada domingo hacer un festín, cuando limpiaba su flota de “busetas” en Colombia, sostén fundamental del alimento familiar; los niños y amigos se reunían y, mientras, sonaban tambores y flautines que invitaban al baile, a la comida y al copichuelo en aquel poblado, perezoso de la riqueza y abundante en la alegría.

Un fatídico día, otros, motivados por el vil metal, dieron una cruenta muerte al anfitrión de la fiesta y Jady  perdió su ternura, rota en añicos por el dolor, asiéndose a su frágil madre como clavo ardiendo.

Ésta, a fin de empopar el barco encallado, emprende el viaje de la soledad, dejándola atrás. Junto con su hermano, emigra a España a buscar sustento… y durante dos años, consigue salvar las miserias atrás dejadas. Mientras tanto, Jady  se ocupaba de su hermano supliendo la ausencia de esta; había dejado de ser niña… había dejado de ir a la escuela, se le quedó ahogada la infancia y flotaba el sufrimiento… Residuos de un mal trago, cenizas que empañaron todo bien de la infancia de Jady y de su madre.

Cuando consiguieron reunirse, las piezas del alma se fueron colocando, allá como pudieron, donde hubiere hueco hasta alcanzar la nueva reunión y la mágica comunión de madre e hijos reunidos, dejando atrás el espantoso episodio que tiñó sus vidas.

Jady, seguiría con profunda pena, velando a su madre hasta ver y sentir que nuevamente fue feliz… Un gran hombre le acompaña y arropa a la familia con profunda protección; ahora ella está satisfecha y, aunque desgastada por el sufrimiento, sigue cabalgando con ímpetu y energía, como si nada pudiera con ella. Ahora ya puede, y tiene amigos, familia, armonía y equilibrio. Reconoce con entusiasmo que puede seguir y que quiere seguir, que tiene voluntad para recuperar todo lo perdido; y es que Jady está motivada por el amor que le tiene a su madre, por el compromiso que tiene con la vida, y aquellas personas que tengan la fortuna de gozarla, verán en ella una luz especial propia de una estrella que le guiará por el camino de la fortaleza, la voluntad y el buen propósito.

Jady está en ello…

y nos debemos a ella.

Fausta

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Tuve una iguana. Pero mi primo, que era un inconsciente, la tiró por el balcón. Eso me dolió mucho, porque le tenía mucho cariño. Yo pensaba que este primo mío no era tan mala persona, pero al darme cuenta de que me había tirado la iguana, me sentí muy decepcionado. Sin embargo, luego me sorprendió trayéndome dos pichones de paloma. Eso me alegró mucho, ya que me encantan los animales, y juntos los criamos. Cada uno crió uno. El mío era blanco; el suyo, negro. Al estar criándolos juntos, con el tiempo nos dimos cuenta de que eran macho y hembra y le pedimos permiso a mi padre para poner un palomar en la azotea. Nos puso la condición de limpiar dos veces a la semana y construimos un gran palomar con madera y tela metálica.

Esto, sin darme cuenta, me unió más a mi primo, ya que pasábamos el día juntos, dando de comer y criando a los animales. Un día, fuimos a darles de comer el millo, y nos sorprendió ver que habían hecho un nido y puesto dos huevos. Pasaron los meses y nos vimos con unas cincuenta palomas. Gracias a Dios, era un palomar grande. Los sábados y los domingos las soltábamos para verlas volar, lo que nos alegraba mucho, y, por la noche, las encerrábamos hasta el día siguiente. Luego empezamos a ir de discotecas y nos costaba tener que ir por la mañana a alimentarlas. Nuestros padres nos echaron la bronca, porque las tenían que mantener ellos. Nos pusimos a buscar trabajo y tuvimos la suerte de encontrar trabajo juntos como peones. Manteníamos a los animales y dábamos algo a nuestros padres. También sobraba para alguna fiestilla de copas de vez en cuando, cuando se podía.

Lo peor es que mi primo tuvo que emigrar a Tenerife y se llevó la mitad, unas veinticinco. Como no sabía qué hacer con ellas, las soltó y la sorpresa fue que volvieron a casa solas. Lo llamé y casi no se lo creía. Le dije que no había problema: yo las cuidaría y se las devolvería. Ahora sé que lo quiero como a un hermano, ya que lo echo muchísimo de menos. Con esto quiero decir que el valor de la amistad tiene un precio incalculable; lo he comprobado con mi propia experiencia. Estoy deseando volver a verlo muy pronto, ya que echo de menos todo lo que vivimos juntos como hermanos.

José Ramírez Benítez

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Con tan solo seis años experimentó la sensación del miedo, del temor e, incluso, hubo momentos en los cuales no quería ni salir de casa. Todo debido a que una vez soñó que, mientras jugaba al fútbol, él mismo se metía un gol en propia puerta.

Desde ese día, el niño le cogió un gran temor al fútbol, dejó de jugar, sintiendo, incluso, pánico a causa del campo. Cuando su padre lo llevaba a los entrenamientos, él no quería; lloraba por el gran miedo que le producía la idea de que ese sueño se hiciera realidad. El solo hecho de pensar que eso le pudiera suceder y que los demás niños se burlaran de él, riéndose, diciéndole cosas, que, debido la inocencia de los críos, pueden ser tan crueles con sus insultos y humillaciones, como un adulto cuando hace daño conscientemente. Ese miedo le paralizaba, sufría en silencio y, por su corta edad, no podía comprender que los sueños, sueños son, o que, a veces, algunos sueños tienen un significado que duerme en nuestro subconsciente, el cual guarda pensamientos, experiencias que no son siempre agradables.

Pero con el paso del tiempo y la insistencia de su padre y su entrenador, quienes le inspiraron confianza en sí mismo, se lanzó al campo desechando ese temor.

No sólo perdió el miedo, sino que aprendió que las cosas hay que afrontarlas, superarlas y saber diferenciar las pesadillas de la realidad. También comprendió que a lo largo de su vida se volvería a encontrar con situaciones similares e incluso peores; solo debía comprender que las barreras hay que romperlas para poder seguir adelante y realizar todo lo que se propusiera a lo largo de su vida.

Con algo de temor confeso, siguió jugando, y hoy es un adolescente lleno de aspiraciones. Y buen jugador… De seguir así, le gustaría ser tan bueno como uno de sus ídolos deportivos “Zidane”, aunque se conforma con ser un “Pío, pío”, o sea, jugador de la Unión Deportiva Las Palmas. En aquella experiencia comprendió que en la vida hay que luchar, superar nuestros miedos; y que con ello nos cultivamos como personas haciendo de nosotros mismos lo que somos.

Nereida Valerón Navarro

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