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El azar hizo que un día, adultos de un Centro Penitenciario y jóvenes de un Instituto, se encontraran en el camino… a través de relatos cruzan sus vidas… (Gran Canaria, abril 2009)

Radio El día 18 de Junio, Cadena Ser realizó un programa especial desde el Centro Penitenciario “El Salto del Negro”.

Desde el salón de actos, tuvimos la oportunidad de contar la experiencia de este taller: cómo surgió la idea, qué objetivos se plantearon, cómo nos conocimos… pero sobre todo lo que COMPARTIMOS.

El programa es un poquito largo, alrededor de una hora, pero si tienes tiempo nos gustaría mucho que nos escucharas; haz clic aquí: http://www.divshare.com/download/7769282-3f4

Estábamos a la espera de que llegase el autobús para trasladarnos de Vecindario a Las Palmas. Era una excursión que íbamos a realizar todos los compañeros del mismo curso del instituto en el cual estoy.

En concreto a Tafira Alta, a un Centro Penitenciario. Estábamos intrigados y nos preguntábamos cómo iba a ser, pues anteriormente nos habían informado de que íbamos a participar en un encuentro con internos que se encuentran privados de libertad, al cual habían puesto como título Vidas Cruzadas. Me pareció muy emocionante, pero también sentí miedo y algo de respeto. Para mí era una experiencia nueva, en la que nos conoceríamos e intercambiaríamos conocimientos y experiencias. Cuando llegamos al lugar e iniciamos la entrada, me di cuenta de que todo se realizaba bajo normas y autorizaciones: unas puertas que se abrían automáticamente, un detector de metales… Tras la primera puerta de entrada, pudimos ver un pequeño vivero con tortugas.

Todo esto me llamó mucho la atención. Seguimos la aventura y, por fin, la puerta principal, en la cual nos presentamos ante un funcionario de prisiones que nos dio acceso a un gran pasillo. Me impresionaron muchísimo esas puertas, llenas de barrotes, pensando en toda esa gente encerrada por haber cometido errores en la vida.

El gimnasio me gustó muchísimo, pues tenía infinidad de máquinas para entrenamiento físico. Subimos unas escaleras hasta llegar al punto de encuentro desde donde ascendimos los últimos escalones. Nos encontramos en el salón de actos, con mesas y sillas haciendo un círculo. Todo estaba preparado y a la espera de la llegada de los internos autorizados para asistir al curso. Para mí fue una gran sorpresa, pues me iba percatando de que no era lo que habían dicho, ni tampoco lo que me imaginaba. Había preguntado cómo iba a ser este encuentro y me habían dicho que estaría en un cuarto, hablando y a solas… Todo eso me asustó; me preguntaba a qué me iba a enfrentar… Pero no fue así. Me quedé muy sorprendida cuando empezamos a relacionarnos y a comunicarnos, haciendo primero las presentaciones entre nosotros, nombres, edades, de dónde procedíamos. Por cierto: éramos de distintas nacionalidades.

Hubo mucha emoción y sentimientos al hacernos la pregunta de cuál era nuestro mayor orgullo, coincidiendo casi todos en lo mismo: nuestros padres, el mayor apoyo.

Nancy Pérez Esteban

Mi negro

La historia empezó en el viejo continente. Un soleado día me senté en mi sitio habitual, cuando, de repente entró un chico desconocido en la clase. Era un joven alto, negro, muy, muy negro; tan negro, incluso, como la arena de algunas playas de Tenerife. En aquel preciso instante todo mi cuerpo empezó a temblar, y sentí un intenso cosquilleo en la barriga.

El atractivo negro se me acercó lentamente y, mirándome a los ojos, me dijo: “Hola, blanquita, ¿cómo te llamas?”. Le respondí algo sin sentido, porque me sentía incapaz de articular una palabra. “¿Y tú?”, me atreví a preguntarle. “Yo me llamo Tu Negro”. Entonces, desde aquel momento, le llamé “mi negrito lindo”.

Poco después, mi negrito me dijo que si quería ser su novia y yo, de nuevo, no encontré ni una palabra, pero, esta vez, sabíamos que sobraban.

En otra ocasión, mi negrito lindo me dijo que quería darme una sorpresa. Quedamos una tarde en una playa perdida al atardecer. Al llegar encontré algo parecido a una cama de flores en la arena. Luego mi negrito empezó a acariciar mi cuerpo blanco como la espuma que rozaba mi piel lentamente. Nunca olvidaré aquella piel con olor a pétalos de rosas. Pensé entonces en los cuentos de hadas, que para nada se asemejaban al nuestro.

Amanda Rodríguez Ortega

Todavía me acuerdo de aquellos días soleados en que al asomarme a la ventana veía el cielo azul. El viento movía las ramas y los pajaritos revoleteaban con su aleteo sinfín.

Para mí, esos días fueron bonitos al descubrir en los árboles a un gatito. Era una cría que tenía un brillo en los ojos que me dio mucha pena. Bajé de mi habitación corriendo y cogí una escalera para bajarlo, lo tomé entre mis manos y oí un ligero maullido que brotaba de su carita, pidiendo algo de amor. Pensé que a mí me sobraría un poco de cariño para él.

Le di un poco de leche y lo puse en una cesta con un traje que le quité a mi madre. Bueno, se lo cogí prestado para ese gatito que lo necesitaba más que ella.

Lo escondí, pero mi madre me lo encontró por la mañana. Sabía que los gatos eran mi debilidad. Por eso me perdonó que el gatito rompiera el traje, a cambio de que estudiase y sacara buenas notas. Acepté el trato.

Pero ahora tenía que criar a mi gatito Wili. Mis amigos se morían de envidia. No obstante, se trataba de una envidia sana, pues con ellos crié a mi gato y lo llevaba al campo a jugar con nosotros. Un día nos estábamos divirtiendo muchísimo, hasta que vimos corriendo a un perro detrás de mi gato. A mí se me iba a saltar el corazón pues no sabía qué hacer. Cuando Wili saltó sobre mí, me volví y lo agarré con fuerza, pero, justo entonces, escuché un grito que hizo que el perro se detuviera. Seguí de espaldas al perro y oí que pedían disculpas por el perro. Me giré y vi a un chico que me preguntó cómo me llamaba. Le respondí que Patricia. Pero una amiga mía se me adelantó y lo insultó. El chico se alejó. Wili tenía el corazón como si se le fuera a salir del pecho, pero me alegré de que no le pasara nada.

Volvíamos a la caída de la tarde para prepararnos para salir al cine con mi padre para ir a ver Titanic. Se me saltaron las lágrimas al acabar la película. Cuando volvimos a casa y entré, me llevé una sorpresa: Wili había tenido crías. Me di cuenta que le había salvado la vida a unos gatitos.

A la mañana siguiente salí a dar una vuelta por el parque y me encontré con el chico del parque y sentí la necesidad de pedirle su nombre. Así empezó mi otra historia que sería mi futuro como persona.

Alexis Hernández Rodríguez

Un recuerdo

La rutina de cada domingo, hiciera frío o calor, era levantarme y esperar a que llegara un buen amigo para irnos a remojar y practicar submarinismo. Ese día de verano luminoso y de intenso calor, nos fuimos temprano para coger un buen sitio en primera línea. No fue difícil conseguirlo, dejamos  los bártulos y nos metimos en el agua a husmear entre las algas y los peces.

Después de dos horas de intenso ejercicio volvimos a la playa. Nos quitamos los trajes de submarinismo y nos tumbamos como lagartos a tomar el sol. Al rato me despertaron unos susurros cerca de nosotros. Abrí los ojos y me encontré con un espectáculo increíble. Había un grupito de semidiosas alucinantes. Estaba boquiabierto. Mis ojos azules eran incontrolables. No respondían a mis órdenes.

Pasado el tiempo de rigor entre miradas y sonrisas cómplices me atreví a acercarme a una de ellas. Me acuerdo que le conté casi toda mi vida en unas cuantas horas. Sentía como un arrebatado sentimiento en mi interior que me decía que no la dejara escapar. Entonces se lo dije: Te invito a cenar. Ella aceptó y después volvimos a la playa.

Patricia Armas González

Recuerdos

Me gusta que me llamen Radcha. Soy de Marruecos pero llevo aquí unos diez años. Yo tengo 17, estudio y soy extrovertida, alegre, buena compañera y un poco tímida a la vez. Convivo con mis padres y mis hermanos. No practico la religión de mi país, pero en mi casa nos regimos por sus tradiciones.

Uno de mis mejores recuerdos es de cuando era pequeña. Recuerdo a mi abuela paterna cuando sembraba y yo la ayudaba, aunque no lo hacía tan bien como ella. Cuánto quisiera que estuviera aquí conmigo y demostrarle todo aquello de lo que soy capaz y decirle que la echo de menos. Recuerdo a mis primas Zamira y Fátima cuando jugábamos a las casitas e imaginábamos, inventando un mundo de princesitas y hadas donde éramos muy felices. Al ver a un chico, siempre nos imaginábamos casadas y con hijos, y creábamos un mundo maravilloso con un príncipe azul, con quien vivíamos felices y comíamos perdices. Eso, hoy en día, lo veo de otra manera, porque sigo esperando a un príncipe azul que me haga sonreír y ser feliz.

Erika “La Gorda”

¡Mamá, mamá…! Haz que se calle… Así le decía a mi mamá siendo una renacuaja con pocos años y mucha, mucha imaginación cuando mi hermanita   pequeña lloraba inconsolablemente por cualquier motivo. Recuerdo que esos ratos de berridos se me hacían interminables y tenía la sensación de que me taladraban la cabeza.

Una tarde, justo después de comer, la situación se repitió una vez más e hice algo que  estuvo mal, pero la verdad es que estaba harta y la muy tonta se lo merecía. Verán: en el momento en el que empezó de nuevo el martirio, me levanté y, lentamente, me dirigí hacia donde estaba tumbada la llorona. Me paré justo delante de su cuna. Observé sus lágrimas de cocodrilo y la cogí con cierta delicadeza, imaginando que era una de esas muñecas cuyo mecanismo se conecta al rozarse con algo y no para hasta la siguiente sacudida o golpe.

La observaba y la sentía entre mis manos haciendo esfuerzos por liberarse. Fue en ese instante cuando pensé en meterla en una caja de juguetes adecuada a su tamaño y guardarla debajo de la cama para que estuviese más ordenado y tranquilo el cuarto. Segundos después de hacerse el silencio, salí corriendo a tragar aire limpio.

Afuera, el tiempo era espléndido. Los rayos del sol chocaban contra los colores, arrancándoles todo su esplendor.  La primavera se hacía notar. Me dirigí hacia el limonero que había plantado mi abuelo hacía ya no sé ni cuantos años. Tantos, que hasta era más alto que yo. Lo miré de abajo arriba y fue entre sus ramas donde descubrí unos limones grandotes y amarillos.

Entonces se me apareció la tentación y quise agarrar aunque sólo fuera uno, pero era demasiado chica para semejante tarea. La tentación me llevó a mirar al suelo, a coger una piedra, a lanzarla al aire y alcanzar a un hermosísimo limón amarillo. El oloroso fruto vino a mis manos y, en el abrazo, nos fuimos los dos al suelo. Le sonreí y nos dirigimos hacia la diminuta y linda casita de mi abuela. Mientras caminaba me imagine como una princesa acompañada por mi príncipe resplandeciente, dirigiéndose a su pequeño palacio. En plena fantasía lo apreté entre mis manos y me llegó su aroma. Me acordé de mi llorona y pensé que sería un lindo regalo.

Rachda El Founti

Me gustaría situarles antes de comenzar en el lugar donde sucede el relato que luego les haré.

En un mar precioso donde los colores azules y verdes son infinitos se encuentra la isla que se reparten dos países (República Dominicana y Haití). Se llama Santo Domingo, nombre también de la capital de la República Dominicana, mi país. Cerca de allí se encuentra mi pueblo: Villa Vásquez; es un pueblo de trabajadores y marineros que ha florecido con el turismo, algo que por aquí es habitual, también: como también lo es la vida sosegada y pausada. Las playas son de ésas que habitualmente llamamos “paradisíacas”, con pequeñas olas, ribeteadas con esa espumita blanca producida por una ligera brisa que también hace que las ramas de los cocoteros se muevan y al mismo tiempo se levante algo de la blanca arena, sin llegar a ser molesta; esa brisa hace que cualquier hora del día pase sin el agobio del calor tropical.

La campana de la iglesia del colegio adventista al que acudo a diario acaba de sonar dos veces,  esa señal indica que el recreo ha acabado y es hora de regresar a clase. Éste es el momento indicado para llevar a cabo la “misión” del día.

“El Chino”, entrañable guarda del colegio, al que pusimos el mote por sus rasgos faciales, ha puesto sobre aviso al Señor director Don Félix y éste, a quien mi amigo Pedro ha visto permanecer inmóvil bajo una palmera durante todo el recreo, afanándose por pasar inadvertido, ha avisado a Tony, mi profesor de 10. He dicho 10, pero bien podría decir también de Primera, por su físico (era un tipo alto, delgado, con pelo corto, anillado y tez morena); no pasaba desapercibido para nadie. Bueno, esto lo descubrí cuando me dio clases de nuevo en 6° grado: intentaba que las niñas pijas del colegio dejaran de coquetear con él, haciendo poses, tirándose de los repeinados tirabuzones y emitiendo risitas nerviosas, haciéndoles gestos con los brazos para que se fueran ya a clase. “El Chino” se quejaba del tiempo perdido de otros quehaceres por culpa de algún gracioso que le cerraba la llave de paso de la manguera con la que llenaba la piscina que había en el salón donde se bautizaban los fieles convertidos a la fe. Luego, cuando descubría que la llave no había sido cerrada, sino la manguera doblada, se enfadaba aún más.

La carrera de éste, resoplando, rojo como un pimiento, por entre las aulas, que eran como barracones militares pintados con llamativos colores verdes, con amplias ventanas y techos de tejas para que fueran más frescos, no hacía sino confirmar que, una vez más, había conseguido mi objetivo de doblar la manguera y dejarle durante unos instantes sin agua.

Don Félix, al verle, intentó, sin éxito, descubrir, entre un mar de uniformes de falditas a cuadros y camisas amarillas (no sé aún como hacía mi mamá para mantenerla siempre impoluta y planchada, pues nunca la vi planchar), descubrir la carita burlona y oír las risas propias de las mataperrerías.

Siempre ha recordado esta anécdota con mucho cariño.

Heriberto Arias Morales

Mi padre

Vienen a mi memoria las largas noches de complicidad que compartía con mi padre en la playa de Las Alcaravaneras algunos días de Semana Santa. Creo recordar que tendría más o menos unos ocho añitos una de las últimas veces que estuvimos juntos.

Revivo intensamente aquellas estampas preñadas de un olor a algas, de un sabor a sal y a pescado fresco que me abría el apetito a cualquier hora, de la música de las olas acariciando y besando las resbaladizas rocas en las que encaramaba mis pies de niño.

Recuerdo a mi padre, moviéndose inquieto y jugueteando con la arena mientras esperaba en la orilla a los marineros viejos para echarles una mano ayudándoles a deslizar la barca por encima de unos maderos carcomidos y ahuecados. Luego hablaban de historias que yo apenas llegaba a entender, gesticulando con unas manos poderosas, llenas de cicatrices que contaban muchas batallas, sin que sus dueños dijeran nada a los presentes.

Las horas pasaban muy rápidamente. Yo les clavaba la mirada sin apenas pestañear y los comparaba con las estrellas que nos alumbraban en silencio desde el cielo. No me cansaba. No me podía aburrir. Estaba entre los sabios. Escuchando conversaciones de hombres.

Después del encuentro venía la elaboración lenta, cuidadosa de la pota -regalada pos los pescadores- en el viejo barril que cargábamos cuando íbamos a la aventura. Noches estrelladas, maderos encendidos que sacaban los mejores olores y sabores al pescado, mezclados con la presencia de mi padre.

Elizabeth Fabián García

Soñaba con las estrellas y vivía con alegría cada instante de su existencia, es hoy por hoy su tesoro más preciado, el que evoca y la impulsa…

Su padre conseguía cada domingo hacer un festín, cuando limpiaba su flota de “busetas” en Colombia, sostén fundamental del alimento familiar; los niños y amigos se reunían y, mientras, sonaban tambores y flautines que invitaban al baile, a la comida y al copichuelo en aquel poblado, perezoso de la riqueza y abundante en la alegría.

Un fatídico día, otros, motivados por el vil metal, dieron una cruenta muerte al anfitrión de la fiesta y Jady  perdió su ternura, rota en añicos por el dolor, asiéndose a su frágil madre como clavo ardiendo.

Ésta, a fin de empopar el barco encallado, emprende el viaje de la soledad, dejándola atrás. Junto con su hermano, emigra a España a buscar sustento… y durante dos años, consigue salvar las miserias atrás dejadas. Mientras tanto, Jady  se ocupaba de su hermano supliendo la ausencia de esta; había dejado de ser niña… había dejado de ir a la escuela, se le quedó ahogada la infancia y flotaba el sufrimiento… Residuos de un mal trago, cenizas que empañaron todo bien de la infancia de Jady y de su madre.

Cuando consiguieron reunirse, las piezas del alma se fueron colocando, allá como pudieron, donde hubiere hueco hasta alcanzar la nueva reunión y la mágica comunión de madre e hijos reunidos, dejando atrás el espantoso episodio que tiñó sus vidas.

Jady, seguiría con profunda pena, velando a su madre hasta ver y sentir que nuevamente fue feliz… Un gran hombre le acompaña y arropa a la familia con profunda protección; ahora ella está satisfecha y, aunque desgastada por el sufrimiento, sigue cabalgando con ímpetu y energía, como si nada pudiera con ella. Ahora ya puede, y tiene amigos, familia, armonía y equilibrio. Reconoce con entusiasmo que puede seguir y que quiere seguir, que tiene voluntad para recuperar todo lo perdido; y es que Jady está motivada por el amor que le tiene a su madre, por el compromiso que tiene con la vida, y aquellas personas que tengan la fortuna de gozarla, verán en ella una luz especial propia de una estrella que le guiará por el camino de la fortaleza, la voluntad y el buen propósito.

Jady está en ello…

y nos debemos a ella.

Fausta

El Milagro

Yo era una niña muy inquieta. Mi madre y mis dos abuelas no me dejaban estar ni un segundo sola. Ellas siempre me llevaban a todas partes con ellas. Disfrutaba mucho cuando estaba a su lado; caminábamos horas y horas por la linda playa de Las Canteras o por la calle de Mesa y López.

Por  aquel entonces, tenía muchas amigas, pero especialmente había una que me daba mucho pesar, porque era una niña muy  pobre. Tenía problemas en su casa. A veces no comía e iba con su ropa desgastada y sucia.

Un año, cuando se estaba acercando el mes de diciembre, mi abuela empezó  a engordar a un pavo a todas horas. Así fueron pasando los días y el pavo se volvía más y más gordo.

Se aproximaba el 31 de diciembre y no paraba de pensar  en mi amiga. Un buen día, mi abuela salió temprano de la casa. Entonces subí a la azotea, cogí el pavo y se lo llevé a mi amiga. Ella  se puso muy contenta y su madre me dijo: “Que Dios te bendiga, hija mía”. En ese momento me sentí muy feliz. Llegué a mi casa y al día siguiente mi abuela me preguntó si sabía dónde estaba el pavo. Le contesté que no tenía ni idea, pero ella no se quedó  convencida.  Esa misma tarde salió a comprar otro pavo, pero ya no le daba tiempo de engordarlo para el 31 de diciembre. Entonces mi abuelo, el marinero, trajo pescado fresco para celebrar la Navidad. Nunca supieron que yo me sentía feliz sabiendo que mi amiga disfrutaba del pavo que mi abuela había engordado con tanto cariño.

Yady Vanessa Fernández Bravo

Tuve una iguana. Pero mi primo, que era un inconsciente, la tiró por el balcón. Eso me dolió mucho, porque le tenía mucho cariño. Yo pensaba que este primo mío no era tan mala persona, pero al darme cuenta de que me había tirado la iguana, me sentí muy decepcionado. Sin embargo, luego me sorprendió trayéndome dos pichones de paloma. Eso me alegró mucho, ya que me encantan los animales, y juntos los criamos. Cada uno crió uno. El mío era blanco; el suyo, negro. Al estar criándolos juntos, con el tiempo nos dimos cuenta de que eran macho y hembra y le pedimos permiso a mi padre para poner un palomar en la azotea. Nos puso la condición de limpiar dos veces a la semana y construimos un gran palomar con madera y tela metálica.

Esto, sin darme cuenta, me unió más a mi primo, ya que pasábamos el día juntos, dando de comer y criando a los animales. Un día, fuimos a darles de comer el millo, y nos sorprendió ver que habían hecho un nido y puesto dos huevos. Pasaron los meses y nos vimos con unas cincuenta palomas. Gracias a Dios, era un palomar grande. Los sábados y los domingos las soltábamos para verlas volar, lo que nos alegraba mucho, y, por la noche, las encerrábamos hasta el día siguiente. Luego empezamos a ir de discotecas y nos costaba tener que ir por la mañana a alimentarlas. Nuestros padres nos echaron la bronca, porque las tenían que mantener ellos. Nos pusimos a buscar trabajo y tuvimos la suerte de encontrar trabajo juntos como peones. Manteníamos a los animales y dábamos algo a nuestros padres. También sobraba para alguna fiestilla de copas de vez en cuando, cuando se podía.

Lo peor es que mi primo tuvo que emigrar a Tenerife y se llevó la mitad, unas veinticinco. Como no sabía qué hacer con ellas, las soltó y la sorpresa fue que volvieron a casa solas. Lo llamé y casi no se lo creía. Le dije que no había problema: yo las cuidaría y se las devolvería. Ahora sé que lo quiero como a un hermano, ya que lo echo muchísimo de menos. Con esto quiero decir que el valor de la amistad tiene un precio incalculable; lo he comprobado con mi propia experiencia. Estoy deseando volver a verlo muy pronto, ya que echo de menos todo lo que vivimos juntos como hermanos.

José Ramírez Benítez

Tania

Por aquel entonces padecía de los antojos típicos de los adolescentes y de los frenazos en seco que me daba mi padre cuando me ponía borde insinuándole que deseaba tener una compañía fiel. Me acuerdo, como si fuera ahora mismo, de un día soleado que me pareció un buen presagio para conseguir algo especial. Al atardecer y después de ir a currar con mi padre como encofrador, me bañe y me repeiné. Mientras pensaba en cómo saltarme a la torera las órdenes de mi padre, ya que hasta ese día no me había atrevido a decirle que aquella boquita era mía.

Tocaron a la puerta. Abrí, allí estaba mi colega con ella. Creí que se me rompía el corazón. De repente me sentí capaz de todo. Me llegó su olor, algo en su sonrisa me hizo palpitar de emoción contenida; su pelo era suave y hermoso como un paseo por la orilla del mar a las siete de la tarde. Miré a mi amigo, volví a mirar a su acompañante y no me podía creer que mi capricho de adolescente reprimido se fuera a cumplir. Inmediatamente, tuve claro lo que iba a hacer en los siguientes minutos de mi vida. Supe también al instante que Tania era su nombre. Mi Tania, una husky siberiana, iba a compartir vida conmigo hasta que el tiempo nos separara.

Ella ya no está, pero en ese momento pensé que era para siempre.

Rubén Gopar Ramos

Con tan solo seis años experimentó la sensación del miedo, del temor e, incluso, hubo momentos en los cuales no quería ni salir de casa. Todo debido a que una vez soñó que, mientras jugaba al fútbol, él mismo se metía un gol en propia puerta.

Desde ese día, el niño le cogió un gran temor al fútbol, dejó de jugar, sintiendo, incluso, pánico a causa del campo. Cuando su padre lo llevaba a los entrenamientos, él no quería; lloraba por el gran miedo que le producía la idea de que ese sueño se hiciera realidad. El solo hecho de pensar que eso le pudiera suceder y que los demás niños se burlaran de él, riéndose, diciéndole cosas, que, debido la inocencia de los críos, pueden ser tan crueles con sus insultos y humillaciones, como un adulto cuando hace daño conscientemente. Ese miedo le paralizaba, sufría en silencio y, por su corta edad, no podía comprender que los sueños, sueños son, o que, a veces, algunos sueños tienen un significado que duerme en nuestro subconsciente, el cual guarda pensamientos, experiencias que no son siempre agradables.

Pero con el paso del tiempo y la insistencia de su padre y su entrenador, quienes le inspiraron confianza en sí mismo, se lanzó al campo desechando ese temor.

No sólo perdió el miedo, sino que aprendió que las cosas hay que afrontarlas, superarlas y saber diferenciar las pesadillas de la realidad. También comprendió que a lo largo de su vida se volvería a encontrar con situaciones similares e incluso peores; solo debía comprender que las barreras hay que romperlas para poder seguir adelante y realizar todo lo que se propusiera a lo largo de su vida.

Con algo de temor confeso, siguió jugando, y hoy es un adolescente lleno de aspiraciones. Y buen jugador… De seguir así, le gustaría ser tan bueno como uno de sus ídolos deportivos “Zidane”, aunque se conforma con ser un “Pío, pío”, o sea, jugador de la Unión Deportiva Las Palmas. En aquella experiencia comprendió que en la vida hay que luchar, superar nuestros miedos; y que con ello nos cultivamos como personas haciendo de nosotros mismos lo que somos.

Nereida Valerón Navarro

Hace muchos años, cuando aún era chiquitina, con apenas recién cumplidos nueve años, recuerdo que me encantaba ir a la plaza que estaba muy cerca de la casa de mi abuela. Al principio siempre jugaba a lo que jugaban entonces las niñas: al tejo, a la cuerda…, pero pronto me aburrí; repetíamos siempre lo mismo. Fue entonces cuando empecé a fijarme en las locuras que hacían los chicos y quise experimentar esa sensación de riesgo que a ellos parecía excitarles.

Así que un buen día no esperé más e hice lo mismo que aquellos locos valientes. Cogí una garrafa, la aplasté con las nalgas y me lancé por una empinada y húmeda rampa a toda velocidad. Comencé a dar gritos de emoción al tiempo que apenas si recuerdo que tuve la sensación de ser como un ferrari.

Me sentía inmensamente feliz cuando el aire limpio chocaba contra mi carita menuda y provocaba el llanto de mis ojos. Mi pelo largo y negro contribuía a creer que mi menudo cuerpo se elevaba como el viento. Esos ratos de juegos infantiles tan intensos y felices los tengo grabados a fuego en mi corazón.

Dailos Pérez García

Amiga Dea, yo me llamo Zuleima. Soy natural de Venezuela, pero vivo en Vecindario. Soy una persona mimosa, un poquito llorona, pero, en ocasiones, quién no lo es, ¿verdad? Soy muy tranquila, amiga de mis amigos. Me gusta jugar con una muñeca que me regaló mi madre; la guardo con mucho cariño. Sabes, amiga Dea, soy una mujer, pero a veces me siento como una adolescente. Soy una persona normal y me gusta la playa y salir de paseo con mis amigas. No me gustan las discotecas, pero suelo escuchar música en mi casa. Música de mi tierra, que me trae buenos recuerdos.

La comida canaria me encanta, como a cualquier persona que sepa valorar la buena cocina. También me agrada ir de paseo a los centros comerciales. Hay cosas que me chiflan, como a la mayoría de las mujeres: perfumes, ropa, calzado, etc., que luego siempre termina comprando mi madre. Los libros me fascinan, me encanta sentarme a leer cuando tengo tiempo y no vengo cansada del trabajo. Los fines de semana los dejo para disfrutar en el cine.

Yo pensaba que la prisión era como en las películas, y cuando llegué aquí tenía muchísimo miedo, no me imaginaba que la mayoría son personas normales y corrientes, como tú y como yo. Bueno, mi querida amiga Dea, ya sabes muchas más cosas de mí que no conocías.

Que Dios te cuide a ti y a toda tu familia. Estoy encantada de haberte conocido.

Gracias por escucharme.

Dea Sulatika

Hace mucho, muchísimo tiempo vivía en un diminuto pueblo de Indonesia donde los árboles y los animales parecían hablar. Por aquel entonces trabajaba en el campo ayudando a mi familia a salir adelante.

Una noche escuché algo, como un canto hipnotizador. Al instante me asomé a la ventana a ver qué o quién podría ser capaz de emitir tanta armonía, pero no pude encontrar a nadie. Entonces, bajé instintivamente las escaleras lo más rápidamente posible, por si acaso ese sonido penetrante desapareciera.

Llegué a la cocina donde estaba mi madre preparando el arroz para la cena. Le dije que se asomara a la ventana y escuchara con atención el sonido que provenía del exterior y que me desvelara el secreto. Ella me contestó: “Hija mía, ese sonido es el canto de los grillos y muy de vez en cuando, en las noches mágicas, suele escucharse”.

No podía salir de mi asombro, porque nunca había oído ese canto, capaz de sumirme en un lento letargo. Mi madre me confesó que, para ella, y también para mucha más gente, era muy molestoso, pero que había escuchado que sólo las personas mágicas, a partir de un determinado momento de su vida, podían disfrutar de esa melodía. A mí me sorprendió que hubiese gente que no gozara con ese sonido.

Después salí corriendo para tratar de atrapar al grillo y traerlo hasta mi habitación, pero la búsqueda fue inútil. Pasaron las horas y me tumbé sobre la cama para contemplar el cielo a través de la ventana abierta de par en par, mientras se colaba con intensidad el sonido mágico a través de mis oídos, llevándome al infinito mundo de los sueños.

Zuleima Pérez Pérez

Hoy he tenido la oportunidad de conocer a un chico llamado Francisco que permanece en prisión. Me habló de su último verano en la playa.

Vino a mis recuerdos mi juventud más plena y añorada. Un domingo inolvidable que, con mis padres, pasé en la playa.

Fuimos en el coche de mi padre, que era de color amarillo, por esa carretera que a mí me parecía más larga y ancha. Realmente fue maravilloso, tantas sensaciones recorrían mi piel, que el corazón me latía más de lo normal de tanta satisfacción. ¡Qué canciones más hermosas! Yo tarareaba al escuchar a mi madre cantar con esa voz tan dulce y tierna que sólo una madre sabe tener para sus hijos. ¡Ya nunca podré borrar esos recuerdos! ¡Ah! En cuanto pisé la fina arena, sentí como si me acariciaran con algodón; al mismo tiempo, escuchaba una música celestial que salía de lo más profundo del mar infinito, que se unía con el cielo en una línea perfecta; el sol resplandecía con mucho brillo y destello de colores entrelazados, como si de fuego se tratara. Y lo que más me gustaba era hacer castillos de arena húmeda con otro niño de mi edad. Cuánto añoro tantos recuerdos vividos.

Francisco Alonso González

La música

Se acercó a mí por primera vez entre los barrotes de hierro. Fue un descubrimiento tardío, casi reciente; por eso el impacto ha sido estremecedor. Me sorprendió cómo trataba de disimular el efecto que me producían unos sonidos. Unos sonidos preñados de armonía y sentido. Capaces de traspasar y penetrar en paredes de cemento, en corazones aparentemente duros.

Lentamente he ido dejando que se acerque, que me transforme mientras está conmigo. A la música la he pintado muchas veces con el color que despierta en mí: pasión, confianza, fuerza y valentía. Ese color rojo envuelve también el optimismo y la lucha.

Hay momentos en los que soy una isla, unas veces cierro los ojos; otras los dejo abiertos pero ausentes, y permito que la música me llene. Muchas veces la pinto con el color de la fuerza y me imagino en otro sitio con otra gente…

Tatiana Pérez Tejera

Bueno, mi vida comenzó en el ochenta y seis. Crecí en un barrio pequeño; tenía muy buenas amigos. A los seis años nos fuimos adonde ahora es mi casa actual. Al principio me costó, como a casi todos los niños, adaptarme. En mis recuerdos está la primera vez que fui al colegio. Fue divertido, y de vuelta a casa nos paramos a jugar a fútbol mis amigos y yo en una calle preciosa. Lo mejor era que podíamos jugar sin temor que viniera ningún coche. Jugábamos muy entusiasmados, hasta que de un pelotazo rompimos una de las macetas que había en el borde de una acera.

A causa del ruido, salió una señora mayor, de pelo blanco como el azúcar y una piel muy fina. Tenía buena mano para las flores, ya que en las macetas había unos tulipanes preciosos y muy bien cuidados. Se enfadó mucho, y dijo que ése no era sitio para jugar y menos con un balón. Yo, con mi corta edad, le dije que tampoco era lugar para poner macetas.

Mientras, la mujer refunfuñaba que les dijéramos a nuestros padres que nos llevaran a un lugar adecuado para esos juegos. Yo no entendía lo que la mujer quería decir, por qué era tan importante la maceta que de su rostro estaba cubierto de lágrimas como el cristal y estaba sonrojada.

Se hizo tarde y oí a mi madre que me llamaba para entrar en casa: ya era hora del baño y de ese vaso de leche que sólo mi madre sabe cómo me gusta, y me fui a dormir.

Al día siguiente mi madre me dijo que fuera directo a casa. Cuando llegué, vi todo guardado en un baúl y en maletas. Mi madre se acercó y me dijo que nos íbamos a una casa nueva. Esa casa tenía un olor extraño que nunca antes había olido. En ese momento llegó mi compañero de juegos, mi abuelo. Él intentaba en todo momento que yo sacara una sonrisa, pero mi rostro siempre estaba triste, ya no había esa tranquilidad que había en mi casita del callejón y, lo más importante, ya no he vuelto a ver a mis amigos.

Media Noche

Una ilusión

Recuerdo que a la salida de la escuela antes de volver a casa, pasábamos mis amigos y yo por la caseta de cartón y madera que habíamos construido con todos los trastos que sobraban de todas partes. Algunas veces nos quedábamos dormidos horas y horas. Cuando llegaba, siempre me estaba esperando mi amigo Lucas, un caniche de largos rizos blancos como la misma nieve que a mi madre nunca le agradó y no me dejó tener en casa.

Me viene a la mente un día que estuvimos jugando bastante tiempo. Mis amigos se fueron y me quedé dormida más tiempo de lo habitual. Entré en un sueño profundo en el que era capitana de un gran barco pirata. Tratábamos de escapar de una fortísima tormenta, cuando de pronto creí sentir un tirón, como si alguien sacudiera aquella sábana infantil, con la que me protegía del frío o me solía pasar por la cara, como si me acariciara.

Abrí un ojo y no vi a nadie, pero instintivamente creí sentir que seguían tirando de la manta. Me levanté como pude, pero los pies me fallaban. Pude agacharme y allí vi a mi amigo Lucas moviendo el rabo. Estaba tan asustada que pensé que allí debía de haber algún pirata invisible que se había colado en mi sueño. Salí corriendo y no paré hasta que dejé de oír los ladridos de Lucas. Nunca más volví.

Aridane Quintana Vega

Juego con mi muñeca. La llamo María. Le he puesto ese nombre para que se llame igual que yo. Me divierto con ella y me gusta. Tocan en la puerta. Corro hacia ella para ver quién es. ¿Es mi amiguito? Viene a jugar conmigo, es el único amiguito que tengo.

Sé que vivo en Sevilla. Veo a mis padres haciendo las maletas. Pregunto adónde vamos. Mi madre se me acerca y me dice que han decidido trasladarse a Canarias. Me pongo un poco triste. Voy a cambiar de aires. Dejaremos atrás el carisma que tienen los sevillanos y el olor a azahar que se respira en mi ciudad.

Me ha gustado el viaje. Ha sido divertido, ya que hemos llegado a un sitio nuevo, rodeado de mucho agua. Hay mucho sol. La gente es muy alegre y hay muchos niños. Son personas sencillas. El olor de sus campos me llama la atención: huele a pino, es un aire fresco y limpio. También hay una brisa que al respirar hondo me traspasa; creo que viene del mar. Me siento bien y quiero conocer a muchos niños para que sean mis amigos.

Quiero acercarme a ellos. Ya voy. Me he integrado. Me siento rodeada de muchos y nuevos amigos. Estoy muy contenta. Este sitio me gusta y ha pasado a ser el centro de mi diana y no quiero marcharme nunca de aquí. Me gusta mi nuevo hogar, pues aquí, en esta isla redonda, soy muy feliz.

Espero la visita del ratoncito Pérez, se me ha caído un diente y quiero saber qué regalo dejará debajo de mi almohada.

Duermo, estoy soñando, veo al ratoncito entrar por la puerta de mi habitación y cómo salta a mi cama para dejarme mi regalito. Madrugo, es muy temprano y rápidamente me acuerdo de que ya ha tenido que venir el ratoncito Pérez. Pego un brinco, salto de la cama, levanto mi almohada, la tiro a un lado y veo mi regalo. ¡Qué alegría! Es una cajita de hilos. Algo dentro de mí me dice que este regalo no me lo ha dejado el ratoncito Pérez. Estoy confusa. Ahora no sé si este regalo me lo ha dejado mi abuela o el ratoncito. Empiezo a sospechar que el ratoncito es sólo una fantasía.

Mª Luisa Rodríguez Castellano

Aún recuerdo aquellas tardes calurosas de verano con mis hermanos y los chicos de mi barrio. Jugábamos al fútbol justo detrás de mi casa, donde la tierra era extraordinariamente colorada. Al terminar el partido acabábamos pringados por todos lados del polvillo mezclado con nuestro sudor.

Tirados en el suelo e intentando coger resuello se nos aparecía la voz lejana de nuestra madre que nos reclamaba. Sin pensarlo, y como alma que lleva el Diablo, salíamos corriendo hacia un chorrillo que había cerca de casa y del que manaba un agua refrescante, limpia y cristalina. Pretendíamos refrescarnos y quitarnos parte de la tierra, pero la realidad es que acabábamos peor de lo que estábamos, porque, con la mezcla del sudor, el polvillo y el poquito de agua que alcanzábamos a echarnos, conseguíamos una especie de amasijo que nos cubría hasta el último pelo.

Nuestras risas eran inmensas, disfrutábamos con la trastada, nos volvíamos locos mojándonos e intentando limpiarnos inútilmente.

Mi madre, cansada de llamarnos una y otra vez, se ponía a preparar la cena esperándonos. Con cuidado, cuando ingenuamente creíamos que estaba distraída, entrábamos a casa en silencio y mirando para todas partes, pero como siempre mi hermano, el pequeño, siempre tropezaba con el mismo perchero con forma de vaca que estaba a la entrada de la sala y la acababa armando. Entonces corríamos y nos encerrábamos por un buen rato en nuestra habitación.

De nada nos servía escondernos bajo las camas: al final siempre nos acababa sacando por las buenas o por las malas. Además la tremenda bronca duraba una eternidad. Luego nos metía en la tina a todos juntos y empezaba nuestra segunda guerrilla, pero ahí no jugábamos con tierra, sino con agua y jabón.

María Reyes López

Soy Heriberto, de Melenara y tengo 16 años.

Quiero explicarles que siendo sencillo, también se puede ser feliz, como lo soy yo.

Quiero que sepan cuánto amo a mi hermana. Con solo 14 años, es hermana, amiga y cómplice a la vez.

No existen secretos entre nosotros y, por supuesto, lo compartimos todo.

También soy feliz porque me he enamorado de una chica que deseo tener siempre a mi lado.

Aunque soy joven, sé cuánto la amo; necesito tenerla siempre a mi lado; quiero compartir mi vida con ella, tener un matrimonio tan feliz como veo y siempre vi que lo era el de mis padres.

Cuántas veces tomo a mi novia de la mano, la llevo a la playa de Melenara y, en silencio, mientras paseamos, nos dejamos bañar por la brisa del mar.

Sobran las palabras, los ojos hablan.

Otras veces comparto caricias y juegos con mi perro Kaki, qué amigo tan fiel y cuánto lo quiero.

Cómo me gusta el fútbol y el gimnasio.

Quiero mejorar cada día, para ser mejor de lo que he sido.

Macarena Arteaga Quintana

Encerrada entre cuatro paredes de hierro y hormigón. Me siento como el ave que no vuela como el pez que no nada o la bala que nunca fue disparada. Un amasijo válido para privarte de tu libertad; pero siempre encuentro una manera de de volar, nadar o apretar el gatillo. Lo consigo volviendo a mis recuerdos de infancia.

“¡Eh! ¡Pásala ya chupón!”, escuchaba desde la puerta de la casa de mi abuela. Eran mis hermanos jugando al fútbol. Un día, decidida, me levanté y, sin pensármelo dos veces, les solté: “¿Me dejan jugar?” Mis hermanos se echaron a reír. Entonces, mi hermano mayor clavó en mí su mirada entre burlona y desafiante y contestó: “Sí, claro, puedes jugar”.

Recuerdo que casi me dio un vuelco el corazón. Por primera vez iba a jugar con mis hermanos, pero, de inmediato, un pensamiento fugaz llegó a mi alocada cabeza. Seguro que éstos me van a pedir algo a cambio. No me equivoqué. Un rato más tarde mi hermano terminó la frase: “…pero para jugar tendrás que tener el dedo gordo de la mano en la boca todo el rato mientras juegas el partido”. No me lo pensé y decidida les dije: “¡Vale!”. Al principio, todos se reían, pero con el tiempo vieron que podían compararme con un Ronaldo o un Zidane o el resto de los galácticos del Real Madrid. En mis rimaos serían un Redondo o un Roberto Carlos. Corría, saltaba, pataleaba hasta quedar totalmente derrotada.

Luego, a los veinte minutos más o menos, escuché el vocinazo de mi abuela llamándome: “¡Macarena, ven a comer!” De inmediato, se me abrió el apetito. Eché a correr con mis zapatillas Nike, de moda entonces, como Alonso en sus mejores tiempos. Casi siempre mi abuela ponía en la mesa una pella de gofio. Me encantaba sentir el sabor del gofio entre mis dientes. Comía con ganas. Todo lo saboreaba.

Después de comer volvía la diversión con Missi, mi gata blanca y peluda. Mi abuela se ponía de los nervios porque le llenaba la casa de pelos.
Luego pasaba a decirle animaladas a Pancho, el loro, hasta que mi abuela me mandaba a echarme una siesta. Durante el sueño regreso al amasijo de hierros, pero con facilidad y a ratitos vuelvo a volar como el ave, nado como el pez y me siento libre, como lo fui una vez y como volveré a serlo pronto.

Heriberto Sánchez Álamo

Hola soy un interno que cumple condena en un Centro Penitenciario de Las Palmas. Recientemente he sido seleccionado para escribir en el proyecto “Vidas Cruzadas”, que se está llevando a cabo en dicho Centro Penitenciario.

Soy residente y natural de Las Palmas

En mi primera toma de contacto en este proyecto pude percibir lo increíblemente maravillosas que son las personas cuando crean un espacio donde aprenden a amarse a sí mismas. Soy una persona que me gusta apoyar a otras. Yo no soy sanador.

No sano a nadie. El concepto que tengo de mí mismo es un peldaño en la senda del autodescubrimiento. A través de mis experiencias intento ayudar a aquellas personas que por una razón u otra hayan tenido circunstancias o situaciones delicadas en su vida. Por supuesto que esto no quiere decir que no vayamos a tener más problemas en la vida, sino que lo importante es la forma en que vayamos a reaccionar ante ellos.

En este proyecto he conocido a personas increíbles, pero en especial a una, le voy a llamar “Seben”. Es un chico de 16 años que vive en Vecindario. Fue adoptado por una familia de este lugar, igual que su entrañable y añorado hermanito. Charlando con él me decía que intentaba saber para comprender cuál fue la causa que determinó la decisión por parte de sus partes biológicos de abandonarlos. A día de hoy, Seguía siendo para él una incógnita. La vida no se le paró ahí, ya que recibió otro duro golpe con la pérdida de su hermanito tan solo un añito menor que él, el único vínculo de sangre que poseía de verdad; ese instante marcó aún más su vida, ya que se sentía responsable de alguna manera del cuidado de su hermano, se preguntaba qué podía hacer para que su vida fuese diferente. No sabía si estaba siendo demasiado crítico consigo mismo, porque creía que todo lo que le estaba pasando era que la falta de amor y de afecto que sentía, le hacían que era una mala persona.

Se preguntaba cómo se puede experimentar circunstancias de dolor sin amargarse por ellas.

“Tomándolas como enseñanzas y no como castigos -le contesté yo-. Confía en la vida, amigo mío, por muy lejos que te parezca que te lleva ese viaje. Has venido a la vida a cruzar un amplio terreno de experiencias con el fin de verificar dónde está la verdad y dónde tu perversión de la verdad”. Ojalá pudiéramos comprender que todos nuestros supuestos problemas son sólo oportunidades para que crezcamos y cambiemos, lo único que necesitamos hacer es olvidar nuestra forma de pensar y estar dispuestos a disolver el rencor y a perdonarnos a nosotros mismos.

Somos nosotros quienes pasamos la película una y otra vez en nuestra mente. Para libertarte y dejar atrás el pasado es preciso estar dispuestos a perdonarnos aún cuando no sepamos como hacerlo. Perdonarse significa renunciar a nuestros sentimientos dolorosos y sencillamente dejar que lo que los provocó se marche. No perdonar a una persona no le causa el menor daño a ella, pero a nosotros nos provoca estragos, ya que el problema no es de ella: el problema es nuestro.

Yo no estaría aquí ahora en prisión si no hubiera perdonado a las personas que me hicieron daño; no deseo castigarme ahora en el presente por los que ellos me hicieron en el pasado, no te puedo decir que lograrlo haya sido fácil, solo que ahora puedo mirar hacia atrás y decir: “Ah, sí, eso es algo que sucedió, pero ya no vivo allí”.

Se nos acababa el tiempo y al despedirnos le dije: “Querido amigo, cuando te ames verdaderamente a ti mismo, despertarás lo mejor que hay en ti. Porque esto te llevará a descubrir formas más positivas de satisfacer tus necesidades y de expresarte con más plenitud lo que realmente eres”.

Nos despedimos con un “hasta pronto”.

Pedro Sosa Apolinario

Cada domingo iba a la casa de Dios a comerme las hostias sagradas a escondidas de un anciano cura serio, encorvado y con una sotana larga y negra. También aprovechaba para tocar un enorme piano viejo y destartalado.

Un día Don Manuel, el cura, salió de un cuarto oscuro vestido con su enorme túnica negra y me sorprendió llevándome una hostia grande y redonda a la boca. Yo, asustado, me eché a correr como alma que lleva el diablo, pero don Manuel me seguía desde la distancia. Asfixiado, llegué hasta lo alto del campanario.

El campanario estaba en obras. Había un tubo para tirar los escombros al que me agarré como pude. Me deslicé rápidamente. Y don Manuel, muy asustado, soltó unas premonitorias palabras: “Este cabrón va para bombero”.

Zebenzui Sánchez Valerón

Una vez, en un tiempo no muy lejano, nació una niña llamada Omayra, con la carita de ángel que suelen tener los niños al nacer.

Fui creciendo como todos los niños, creí que todo era color de rosa, pero también tenía a las personas que siempre me han aconsejado, que son los que me quieren: mis padres y personas cercanas.

De niña jugaba a la comba, al tejo y al huevo, araña, puño y caña. Eran tiempos en los que todo era sencillo, en los que todo parecía fácil, en los que todo eran comodidades.

En  el colegio era buena y sacaba notas normales como las de cualquier niño, no como una superdotada, pero sacaba provecho de lo que hacía porque siempre he sido válida y siempre he sido valiente para enfrentarme a los problemas, aunque haya tenido miedo en algunos momentos. Pero mi niñez no fue tan mala; como todos los niños tenemos amigos, yo también los tenía y no todos eran buenos ni hacían cosas de su edad, pero nunca hice caso de ningún amigo que me dijera: “¡Prueba un porrito que es bueno!”, “¡Échate una rayita, que por una no pasa nada!” Yo siempre dije que no, porque la vida me ha enseñado que esas sustancias no traen nada bueno.

Fui creciendo y un día en la víspera de los días de Los Reyes Magos, mis hermanos y yo decidimos ir a gatas a media noche para ver los juguetes antes de tiempo. Cuando bajaba la escalera, porque los juguetes estaban en la planta baja, me caí rodando.

Ahora miro el futuro y quiero aprender cosas nuevas para ser alguien de provecho en esta sociedad que va de mal en peor; pero para tener algo tienes que ser lista y luchar por tu vida, que está llena de escaleras en las que nos queda mucho por tropezar y caer, para aprender de nuestros errores y salir adelante con talante y firmeza. Sé que tengo que ir poco a poco porque quizás no siempre conviene intentar ver los juguetes antes de tiempo.

José Valido Reyes

Crecí en el seno de una familia humilde, honrada y trabajadora, pero no supe apreciar en su día lo que realmente significaba y tenía. Echo tanto de menos el beso de mi madre, el abrazo de mi padre, los elogios de mis hermanos cuando llegaba de jugar un partido de fútbol, las risas de mis hermanos y las mías cuando mi padre dormía la siesta y parecía el señor trueno con sus grandes ronquidos. Recuerdo que desde que sonaba el primer estruendo nos encaminábamos sigilosamente hacia la puerta de la calle y nos íbamos a jugar al parque.

Disfruté tanto de mi niñez, tengo tantos momentos imborrables… Como el Día de Reyes: mis hermanos y yo, esperando ansiosos el momento en que mi padre abría la puerta de nuestra habitación para comprobar que seguíamos durmiendo. Lógicamente, nos hacíamos los dormidos y, desde que oíamos cerrar la puerta, nos poníamos en píe. Controlando hasta la respiración, bajábamos un tramo la escalera y, a través de los barrotes, observábamos a nuestros padres colocando nuestros regalos de Reyes junto al árbol de Navidad.
Entonces eran tan infinitos el amor, la alegría y la felicidad que reinaban en mi familia, que muchas veces sentí que era normal. Lo tenía todo, pero, claro, cuando vamos creciendo y nos hacemos jóvenes, queremos más y nos indignamos si lo que buscamos no lo tenemos al instante. O, por lo menos, eso fue lo que a mí me pasó.

En la calle encuentras de todo. Buena gente y mala gente. Yo me equivoqué y no supe elegir. Me arrimé a los segundos. Así que un mal día empecé a consumir desde que aclaraba el día hasta el anochecer, robaba para conseguir lo que me alejaba de la realidad y me hundía en el infierno.

Ahora lo estoy pagando. Desde hace varios años estoy recluido, pero eso me ha servido de escarmiento para ver la vida de otro modo. Me he desintoxicado. Soy otro y lo que realmente quiero ahora es rehacer mi vida. Conseguir un trabajo. Formar mi propia familia. Una familia como la que tuve y olvidarme de una parte de mi vida. Hacer borrón y cuenta nueva.

Omayra del Pino Vega Hernández

Autoestima

Me llamo Elisa María, tengo 16 años y es la primera vez que realizo una experiencia de este tipo. Tengo un hermano y una hermana, con quien, por cierto, me llevo muy bien, pues a la vez es mi amiga; al igual que mi madre, con la que puedo contar para todo cuando tengo problemas y con la que comparto ideas. Mi inquietud en la vida es llegar a estudiar artes escénicas, aunque la timidez me dificulta presentarme delante del público. También me gustaría mucho estudiar idiomas, concretamente filología inglesa y alemán, y poder trabajar como recepcionista de hotel. Algún día espero superar esta timidez y atreverme a enfrentarme, a ser la visión y crítica de mucha gente, y digo esto por todo lo que me ha sucedido, por lo que he superado y aceptado. Voy a comentar un poco de mi situación.

Cuando empecé a desarrollarme de niña a mujer tuve problemas de columna; se me fueron desviando los huesos y obligatoriamente me vi forzada a llevar un corsé durante tres años consecutivos.

También hube de enfrentarme a la muerte de mi abuelo, a quien tenía un gran afecto. Mis padres estuvieron toda una noche velándolo. Cuando fueron a descansar a casa cogieron el coche de mi tía, ésta se acercó y le dijo a mi madre: “Es mejor para ti que vayas en la parte trasera del coche, así irás descansando”.

Fue como un gran presentimiento, ya que sucedió un terrible accidente. En cuestión de segundos, mi padre se quedó dormido.  El coche dio un vuelco y, como la carretera estaba sin vallar, fue a dar a un terraplén. Mi padre tiende a llevar siempre la mano por fuera de la ventana y le arrastró toda la piel, de los dedos hasta el codo. Tuvieron que hacerle un injerto. Se dedicaba a la hostelería, trabajaba de camarero.

Después del trágico accidente se sentía frustrado e inútil, pues cada vez que iba a emprender una labor le oía decir: “Este brazo no sirve para nada, soy un inútil”. Sufría muchísimo al ver a mi padre de esa manera, hasta que, poco a poco, con la ayuda y el apoyo de la familia y a través de una rehabilitación pudo conseguir la movilidad de los dedos de la mano y así fue aumentando su autoestima. Afortunadamente, todo quedó en el recuerdo y hoy me siento contenta y orgullosa de haber llegado a la superación de los problemas y a la valoración de la vida. Debemos tener paciencia, esforzarnos y luchar para conseguir nuestros propósitos.

Nancy Pérez Esteban

Feliz rutina

Todos los días, nada más levantarme, me iba a la cocina a preparar el café. Disfrutaba plenamente de ese aroma. Lo saboreaba unos instantes y luego me ponía en marcha. Me esperaban los chillidos, las risas infantiles, el curioso olor de la colonia de los niños chicos. Llegaban los padres, los iban dejando y poco a poco se iba llenando el espacio.

Después venían los cuentos, las historias maravillosas con los pequeños sentados o acostados en grandes cojines situados encima de una alfombra de colores donde destacaban el verde, el amarillo, el azul y el rojo. Tras escuchar el cuento se quedaban dormidos. Me gustaba contemplar sus angelicales rostros profundamente dormidos.

Más tarde nos íbamos a un jardín inmenso en el que había distintas clases de flores de diferentes colores, árboles frutales, césped… Jugaban, saltaban, se tumbaban en el césped y reían felices. Siempre conseguían contagiarme esa felicidad. Disfrutaba plenamente de aquella compañía.

Pasadas las horas venían de nuevo los padres, esta vez para llevárselos. Yo volvía a casa tranquila, porque había disfrutado con mi trabajo y porque sabía que al día siguiente volvería a verlos.

Elisa Mª Verdugo Rodríguez

Raíces

Aún recuerdo aquel verano del año 2006, en mi querida y añorada Colombia, cuando, siendo niño, mi familia me trasladó a Medellín con mis primos para que aprendiera el duro trabajo que es cultivar la tierra, cuidar y atender a varios animales.

Aunque siempre he sido afín al trabajo, no me agradaba salir de la ciudad y dejar por un tiempo a mis amigos y amigas.

Fueron pasando los días y, sin maquinaria de ningún tipo, me adapté muy rápidamente al sudor diario para sacar el sembrado adelante. Florecían campos extensos y alegres… Pensé: de ellos nació el color verde. Al menos, así me lo pareció.

Un día de fiesta, escuché a lo lejos mi nombre, al volverme… Eran mis primos que se acercaban diciéndome “¿No te has preparado? Pues prepárate que hay una fiesta muy bacana”. Al momento imaginé a mis primos y tíos… comiendo, bailando, pasándoselo bien. Mientras terminaba mis tareas, me ubiqué muy bien para ser de la ciudad.

Sin duda se añora la tierra que te vio nacer, a los familiares, amigos. Sólo queda el breve relato que mi memoria retiene, no por mi vejez, pues me encuentro en la adolescente edad de 17 años, pero lejos de mi ciudad, de mi continente. Echo de menos tanto verde.

El relato de mis recuerdos me lleva a pensar que algún día seré agricultor, sin recuerdos… pero con sueños de mi alegre Colombia.

Ismael Ruiz Sarmiento

Recuerdo una tarde de agosto con apenas nueve años. Estaba en el barranco, sentado a la orilla de una carretera, cuando vi en la otra ladera a un grupo de chiquillos jugando con algo. En ese momento, sentí el impulso incontrolable de coger un par de piedras y lanzarlas al otro lado. En cuestión segundos observé que uno de ellos se llevaba la mano a la cabeza, y, otro chiquillo, a la espalda.

Después de oír los lamentos, empecé a correr como un condenado para que nadie sospechara de mí. En poco tiempo llegué a casa. Todo estaba en silencio. No había nadie. Fui a la cocina. Tomé agua y me senté a esperar al abuelo en una banca de color marrón que teníamos en casa.

Ese día me pareció que el abuelo se estaba demorando más de lo esperado o de lo habitual en él, pero cuando llegó se dirigió con paso firme y serio hacia donde estaba yo. Me miró a los ojos y me preguntó dónde había estado. Tardé un poco en contestar y, al hacerlo, intenté disimular mi mosqueo y le respondí dudando que en casa, que había estado toda la tarde en casa, que no me había movido de allí.

El abuelo sonrió con cierta amargura y rabia. Luego se giró y se fue hacia la otra habitación. En cuestión de segundos reapareció con un cinto de cuero rígido en la mano. Asustado, me puse en pie de un brinco, preguntándome quién le habría contado que yo había apedreado a aquellos chicos.

Mi abuelo, hombre sabio y respetuoso, seguía mostrándose muy serio y me volvió a repetir la misma pregunta, pero más lentamente. Esta vez le dije que había estado en la calle. Entonces, con el semblante de un color indefinible, quiso saber los detalles… Veía cómo iba apretando el cinto y, de pronto, me agarró por una mano y me pegó la paliza más humillante de mi vida. No supe qué fue lo que más me dolió, si el culo o el alma.

Esteban Restrepo Montoya