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Relatos

El azar hizo que un día, adultos de un Centro Penitenciario y jóvenes de un Instituto, se encontraran en el camino… a través de relatos cruzan sus vidas… (Gran Canaria, abril 2009)

Radio El día 18 de Junio, Cadena Ser realizó un programa especial desde el Centro Penitenciario “El Salto del Negro”.

Desde el salón de actos, tuvimos la oportunidad de contar la experiencia de este taller: cómo surgió la idea, qué objetivos se plantearon, cómo nos conocimos… pero sobre todo lo que COMPARTIMOS.

El programa es un poquito largo, alrededor de una hora, pero si tienes tiempo nos gustaría mucho que nos escucharas; haz clic aquí: http://www.divshare.com/download/7769282-3f4

Estábamos a la espera de que llegase el autobús para trasladarnos de Vecindario a Las Palmas. Era una excursión que íbamos a realizar todos los compañeros del mismo curso del instituto en el cual estoy.

En concreto a Tafira Alta, a un Centro Penitenciario. Estábamos intrigados y nos preguntábamos cómo iba a ser, pues anteriormente nos habían informado de que íbamos a participar en un encuentro con internos que se encuentran privados de libertad, al cual habían puesto como título Vidas Cruzadas. Me pareció muy emocionante, pero también sentí miedo y algo de respeto. Para mí era una experiencia nueva, en la que nos conoceríamos e intercambiaríamos conocimientos y experiencias. Cuando llegamos al lugar e iniciamos la entrada, me di cuenta de que todo se realizaba bajo normas y autorizaciones: unas puertas que se abrían automáticamente, un detector de metales… Tras la primera puerta de entrada, pudimos ver un pequeño vivero con tortugas.

Todo esto me llamó mucho la atención. Seguimos la aventura y, por fin, la puerta principal, en la cual nos presentamos ante un funcionario de prisiones que nos dio acceso a un gran pasillo. Me impresionaron muchísimo esas puertas, llenas de barrotes, pensando en toda esa gente encerrada por haber cometido errores en la vida.

El gimnasio me gustó muchísimo, pues tenía infinidad de máquinas para entrenamiento físico. Subimos unas escaleras hasta llegar al punto de encuentro desde donde ascendimos los últimos escalones. Nos encontramos en el salón de actos, con mesas y sillas haciendo un círculo. Todo estaba preparado y a la espera de la llegada de los internos autorizados para asistir al curso. Para mí fue una gran sorpresa, pues me iba percatando de que no era lo que habían dicho, ni tampoco lo que me imaginaba. Había preguntado cómo iba a ser este encuentro y me habían dicho que estaría en un cuarto, hablando y a solas… Todo eso me asustó; me preguntaba a qué me iba a enfrentar… Pero no fue así. Me quedé muy sorprendida cuando empezamos a relacionarnos y a comunicarnos, haciendo primero las presentaciones entre nosotros, nombres, edades, de dónde procedíamos. Por cierto: éramos de distintas nacionalidades.

Hubo mucha emoción y sentimientos al hacernos la pregunta de cuál era nuestro mayor orgullo, coincidiendo casi todos en lo mismo: nuestros padres, el mayor apoyo.

Nancy Pérez Esteban

Mi negro

La historia empezó en el viejo continente. Un soleado día me senté en mi sitio habitual, cuando, de repente entró un chico desconocido en la clase. Era un joven alto, negro, muy, muy negro; tan negro, incluso, como la arena de algunas playas de Tenerife. En aquel preciso instante todo mi cuerpo empezó a temblar, y sentí un intenso cosquilleo en la barriga.

El atractivo negro se me acercó lentamente y, mirándome a los ojos, me dijo: “Hola, blanquita, ¿cómo te llamas?”. Le respondí algo sin sentido, porque me sentía incapaz de articular una palabra. “¿Y tú?”, me atreví a preguntarle. “Yo me llamo Tu Negro”. Entonces, desde aquel momento, le llamé “mi negrito lindo”.

Poco después, mi negrito me dijo que si quería ser su novia y yo, de nuevo, no encontré ni una palabra, pero, esta vez, sabíamos que sobraban.

En otra ocasión, mi negrito lindo me dijo que quería darme una sorpresa. Quedamos una tarde en una playa perdida al atardecer. Al llegar encontré algo parecido a una cama de flores en la arena. Luego mi negrito empezó a acariciar mi cuerpo blanco como la espuma que rozaba mi piel lentamente. Nunca olvidaré aquella piel con olor a pétalos de rosas. Pensé entonces en los cuentos de hadas, que para nada se asemejaban al nuestro.

Amanda Rodríguez Ortega

Todavía me acuerdo de aquellos días soleados en que al asomarme a la ventana veía el cielo azul. El viento movía las ramas y los pajaritos revoleteaban con su aleteo sinfín.

Para mí, esos días fueron bonitos al descubrir en los árboles a un gatito. Era una cría que tenía un brillo en los ojos que me dio mucha pena. Bajé de mi habitación corriendo y cogí una escalera para bajarlo, lo tomé entre mis manos y oí un ligero maullido que brotaba de su carita, pidiendo algo de amor. Pensé que a mí me sobraría un poco de cariño para él.

Le di un poco de leche y lo puse en una cesta con un traje que le quité a mi madre. Bueno, se lo cogí prestado para ese gatito que lo necesitaba más que ella.

Lo escondí, pero mi madre me lo encontró por la mañana. Sabía que los gatos eran mi debilidad. Por eso me perdonó que el gatito rompiera el traje, a cambio de que estudiase y sacara buenas notas. Acepté el trato.

Pero ahora tenía que criar a mi gatito Wili. Mis amigos se morían de envidia. No obstante, se trataba de una envidia sana, pues con ellos crié a mi gato y lo llevaba al campo a jugar con nosotros. Un día nos estábamos divirtiendo muchísimo, hasta que vimos corriendo a un perro detrás de mi gato. A mí se me iba a saltar el corazón pues no sabía qué hacer. Cuando Wili saltó sobre mí, me volví y lo agarré con fuerza, pero, justo entonces, escuché un grito que hizo que el perro se detuviera. Seguí de espaldas al perro y oí que pedían disculpas por el perro. Me giré y vi a un chico que me preguntó cómo me llamaba. Le respondí que Patricia. Pero una amiga mía se me adelantó y lo insultó. El chico se alejó. Wili tenía el corazón como si se le fuera a salir del pecho, pero me alegré de que no le pasara nada.

Volvíamos a la caída de la tarde para prepararnos para salir al cine con mi padre para ir a ver Titanic. Se me saltaron las lágrimas al acabar la película. Cuando volvimos a casa y entré, me llevé una sorpresa: Wili había tenido crías. Me di cuenta que le había salvado la vida a unos gatitos.

A la mañana siguiente salí a dar una vuelta por el parque y me encontré con el chico del parque y sentí la necesidad de pedirle su nombre. Así empezó mi otra historia que sería mi futuro como persona.

Alexis Hernández Rodríguez

Un recuerdo

La rutina de cada domingo, hiciera frío o calor, era levantarme y esperar a que llegara un buen amigo para irnos a remojar y practicar submarinismo. Ese día de verano luminoso y de intenso calor, nos fuimos temprano para coger un buen sitio en primera línea. No fue difícil conseguirlo, dejamos  los bártulos y nos metimos en el agua a husmear entre las algas y los peces.

Después de dos horas de intenso ejercicio volvimos a la playa. Nos quitamos los trajes de submarinismo y nos tumbamos como lagartos a tomar el sol. Al rato me despertaron unos susurros cerca de nosotros. Abrí los ojos y me encontré con un espectáculo increíble. Había un grupito de semidiosas alucinantes. Estaba boquiabierto. Mis ojos azules eran incontrolables. No respondían a mis órdenes.

Pasado el tiempo de rigor entre miradas y sonrisas cómplices me atreví a acercarme a una de ellas. Me acuerdo que le conté casi toda mi vida en unas cuantas horas. Sentía como un arrebatado sentimiento en mi interior que me decía que no la dejara escapar. Entonces se lo dije: Te invito a cenar. Ella aceptó y después volvimos a la playa.

Patricia Armas González

Recuerdos

Me gusta que me llamen Radcha. Soy de Marruecos pero llevo aquí unos diez años. Yo tengo 17, estudio y soy extrovertida, alegre, buena compañera y un poco tímida a la vez. Convivo con mis padres y mis hermanos. No practico la religión de mi país, pero en mi casa nos regimos por sus tradiciones.

Uno de mis mejores recuerdos es de cuando era pequeña. Recuerdo a mi abuela paterna cuando sembraba y yo la ayudaba, aunque no lo hacía tan bien como ella. Cuánto quisiera que estuviera aquí conmigo y demostrarle todo aquello de lo que soy capaz y decirle que la echo de menos. Recuerdo a mis primas Zamira y Fátima cuando jugábamos a las casitas e imaginábamos, inventando un mundo de princesitas y hadas donde éramos muy felices. Al ver a un chico, siempre nos imaginábamos casadas y con hijos, y creábamos un mundo maravilloso con un príncipe azul, con quien vivíamos felices y comíamos perdices. Eso, hoy en día, lo veo de otra manera, porque sigo esperando a un príncipe azul que me haga sonreír y ser feliz.

Erika “La Gorda”